26 Feb
Por la noche los guaraníes hablan con la naturaleza. Apoyados en los troncos que sostienen sus chozas oyen el eco nocturno del Chaco y contestan con sonidos de onomatopeya: guyra llaman al pájaro, mboi nombran a la víbora. La noche fresca es para ellos y sus sueños; el vaho húmedo y ardiente del día es para el trabajo. Desde las cinco de la mañana, los guaraníes abandonan sus camas —a veces de palo, otras de hierro— instaladas en el patio de sus chozas y que sirven para toda la familia. Despiertos, arrían a las adormiladas vacas petrificadas sobre el granito rojo del camino. Los chivos y los cerdos comen todo lo que imprime color: ramas bajas de tajibos, churquis, sotos y algarrobos, y los niños, que bordean las quebradas para encaminarlos, se alegran estirándoles las colas.
Sus madres acarrean agua a las cocinas de las haciendas, y el tiempo para los guaraníes fluye lento y casi en silencio, cuidando propiedades de otros, vigilando animales ajenos, sembrando y cosechando en tierras extrañas.
En las haciendas
En el mundo atrasado y sin electricidad (si no se tiene un motor-generador propio) de las haciendas del Chaco [3], el único vestigio de modernidad son los caminos: llenos de polvo en tiempo seco y ríos de caudal espeso en época de lluvia.
Ahí las relaciones de trabajo también son rudimentarias, las labores comprenden actividades de cuidado de las casas de los patrones, faena bautizada con el nombre de “cacerío”; el cuidado de los potreros que son las granjas de animales; el “campear” o el “vaquerío”, que es pasteo del ganado vacuno, además de otras faenas de mantenimiento y limpieza de la tierra, conocidas como “carpir”, sin contar la siembra y la cosecha, de acuerdo a la temporada.
Rogelio Molina, empleado de la hacienda Iguembito, ubicada en el municipio de Huacareta, en la provincia Hernando Siles del departamento de Chuquisaca, cuenta —en un acento mezcla de castellano del Chaco y guaraní—: “Treinta y tres años he trabajado aquí, para Federico Reynaga (propietario), como mi padre trabajó para el padre del hacendado”.
En este tiempo, Rogelio comenzó ganando tres bolivianos como vaquero o cuidador de ganado vacuno. Para mantener a sus 13 hijos lograba una renta de 200 ó 150 bolivianos: “Me descontaba lo que sacábamos arrocito, eso anotaba”, dice, y recuerda que las labores domésticas realizadas por su esposa en la hacienda nunca merecieron reconocimiento alguno. “Ni un centavo, nunca le han pagado”.
Sedados por el calor de mediodía, Fortunato Silva y Victoria Méndez, padres de ocho hijos, se apoyan contra la cerca de madera y alambre que delimita la hacienda en la que trabajan y explican, en un guaraní cerrado y puro, que en la hacienda de Crispín Pérez, ubicada también en Huacareta, por sus faenas reciben uno o dos kilos de arroz. Nunca percibieron dinero. Para mejorar en algo la situación, la familia accedió a “caceriar”, por diez bolivianos al día, el terreno de Amelia López; por eso ella, su esposo y sus hijos caminan una hora y media cada día, dejando a un miembro de la familia al cuidado de su casa.
Después de reconocer la región del Chaco, se hace evidente que está llena de realidades de ese tipo; de condiciones precarias de trabajo y —por consiguiente— de vida, de familias guaraníes sometidas a una situación laboral signada históricamente por el abuso y por la marca de la servidumbre y el patronazgo, que las ha hecho cautivas en su propia tierra. Estas prácticas siguen vivas en las provincias Luis Calvo y Hernando Siles del departamento de Chuquisaca; Cordillera de Santa Cruz y Gran Chaco de Tarija.
Nexos perpétuos
Las cocinas de las haciendas se repiten una tras otra: paredes de adobe llenas de hollín, ollas de aluminio sobre las cocinas de barro y una fila de tres o cuatro mujeres pelando maní, cociendo maíz, lavando yuca, trayendo agua limpia, llevando agua sucia, cada día, durante toda la jornada, como Virginia Molina, empleada de la propiedad Iguembito, quien trabajó 12 años levantándose a las cinco de la mañana.
Desde niñas, las mujeres comienzan como empleadas de la casa o niñeras y los hombres como mozos de mano, es decir, realizan mandados menores para los hacendados. La situación jurídica de los niños y adolescentes es precaria, pues muchos se encuentran sujetos a los patrones mediante inciertos nexos de padrinazgo.
“Yo les he criado, su papá y mamá han muerto, y se han quedado con nosotros”, explica Humberto López, propietario de la hacienda El Vilcar, e indica que es por eso que tiene una familia de guaraníes a su servicio. Por esto las relaciones de servidumbre se difuminan con las relaciones de parentesco: “Ya me he acostumbrado a ellos (a los patrones) como papá, como mamá, como abuelitos. Aquí nomás me quedaré con los abuelitos hasta que se mueran”, se resigna Eriberta Montes, guaraní que creció en el predio y que ahora tiene seis hijos, que tal vez sean otro eslabón más que perpetúe el trabajo de su madre y sus abuelos.
Sin embargo, la amabilidad del trato entre empleador y empleado tiene límites concretos, cuando se ve el traspatio en el que Eriberta y sus vástagos duermen, ahí los cueros de oveja les sirven de camas. Ante esto suena hueca la promesa del hacendado de brindarles tierra para levantar una casa.
En otros términos, la “crianza” de los niños implica el inicio temprano de la faena en las haciendas, como Virginia Parare, hija de trabajadores de la propiedad Iguembito, que comenzó de niña como empleada doméstica y a los 15 años se volvió cocinera. Un ejemplo más evidente es el de Rosi Silva, empleada de la hacienda Voyguazú, de Juan Ortiz; ella y su hermano menor fueron “cedidos al patrón”: “Mi mamá nos ha entregado a los dos, mi hermano se ha quedado con el patrón y tiene 12 años”. —¿Y tu hermano no quiere dejar el predio? “También quiere salir pero no lo dejan, él quiere estudiar”.
Con el tiempo el mundo de los niños es igual al de los adultos. Los hijos de Fortunato Silva: Carmelo, de ocho años, y Miguel, de diez, responden —mientras se toman un descanso— que después de “carpir” los terrenos de Amelia López se ocuparán del cuidado de los animales. —¿Cuántos animales debes cuidar? “Cuántos serán pues, son vacas, caballos, gallinas, pavos”, enumera Miguel. —¿Y van a la escuela? “No, no va nadie”. —¿Y prefieres el colegio o prefieres ‘carpir’? “Prefiero ‘carpir’”, contesta, entonces se incorpora y escupe entre sus manos para asir el mango de la picota.
De una propiedad a otra
El traslado, de una hacienda a otra, de miembros de familias guaraníes es evidente. Este hecho es explicado por los hacendados como actividades ordinarias: “El muchacho, criado de mi hija es”, cuenta López, que ha enviado a un empleado a otra hacienda, y añade que los trabajadores “saben que son libres”.
Pero libertad es un término que algunos guaraníes han desterrado de su léxico, como Eligio, cuya edad y apellidos ha olvidado irremediablemente. Toda su vida la ha dedicado a las haciendas. “Hacía leña, carpía, era ovejero en la casa de don Cipriano López, luego con su hermana Nelly (López) y ahora con don Humberto López, su primo”, contesta en su lugar Eriberta Montes, mientras el anciano mece como puede una olla de agua hirviente que será su almuerzo del día.
Para él, la indolencia va más allá, pues los patrones guardan los papeles que le permiten cobrar el “Bonosol” (200 dólares anuales que otorga el Gobierno a los ancianos) y también tienen los documentos de identificación de los seis hijos de Eriberta, retención que no condice con el espíritu de libertad que pregona el hacendado, sino que se apega más a condiciones reales de cautiverio.
La tierra prometida
En Alto Parapetí, ubicado en la provincia Cordillera, entre los municipios Cuevo y Lagunillas de Santa Cruz, la situación de los guaraníes no es distinta. Ahí existen 19 comunidades indígenas y 17 haciendas, según el diagnóstico del Ministerio de Justicia. De éstos, 13 se constituyen en “grandes propiedades” que exceden las 300 ó 400 hectáreas. Uno de estos terrenos pertenece a René Chávez. A él también le corresponde la comunidad de Itakuatia, que alberga a más de 50 familias en un predio de 20 hectáreas. Fidelina Corrales y sus diez hijos ocupan apenas 40 metros cuadrados en el lugar.
“Soy madre de diez hijos. Mi esposo trabajaba como mozo toda su vida. Teníamos chanchos, chivas, gallinas y no nos dejaban criar, nos lo baleaban porque no tenemos tierra”, grita Fidelina en un castellano pedregoso y continúa en un guaraní perlado que fluye como sus lágrimas: “Les digo con toda rabia, con todo dolor, el propietario se adueña de las cosas”.
Itakuatia es una de las poblaciones que se autodenominan “cautivas”. “Decimos cautiva porque no es libre, no es propia, es del patrón”, reclama Félix Baya, capitán grande de la Capitanía de Alto Parapetí. Por eso, para ellos es irreal pensar en un futuro que no comience por tener tierra propia, palabras quiméricas cuyo único sentido es lograr la libertad colectiva. “Construir escuela es prohibido, construir casa es prohibido porque todo es privado. Si uno reclama, le dicen: ‘Salga de aquí, esto no es comunidad, es privado”.
No muy lejos de Itakuatia, la realidad es la misma para muchas de las 67 comunidades asentadas en los municipios de Monteagudo, Villa Vaca Guzmán, Huacaya, Macharety y Huacareta, de Chuquisaca. Julián Díaz, concejal guaraní de este último municipio, explica que el proceso de “liberación” de las comunidades es muy complicado, pues primero se debe solucionar el problema de la servidumbre, después se trataría la liberación de familias y posteriormente se planificaría un asentamiento.
El planteamiento no descarta una errónea compra de tierras, “porque en realidad el proceso de saneamiento no ha logrado determinar áreas fiscales. Y si hay tierras, hay muy poco. En los recortes (de propiedades extensas) sí hay, pero hay que hacer trámites para hacer conversión a la TCO (Tierra Comunitaria de Origen) y es un proceso largo”, culmina Díaz.
La comunidad Yaire de Añimbo, en Chuquisaca, ha demostrado que el proceso puede ser largo pero no imposible. Esta comunidad “libre” alberga a más de 40 familias “rescatadas”. “Es gente que estaba en las orillas del (río) Pilcomayo, familias de hacienda, o que han venido de otras zonas o que han sido expulsadas”, explica el capitán mayor de la población, Fausto Ibáñez. Las seis hectáreas de tierras que ocupa Yaire pertenecían a Baldemar Peralta; ahora es un área titulada y revertida perteneciente al municipio de Huacareta y seguramente cobija los sueños gratos de los guaraníes que la habitan.
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